Motivos para el silencio Por Ángel F. Mellado

Llama la atención aquellas palabras del Libro de las Lamentaciones: “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor” (Lam. 3, 26). Una persona que fuera incapaz de hacer silencio será incapaz de participar efectivamente en la celebración litúrgica, e incluso, incapaz de atender a la Palabra de Dios. No me refiero simplemente al silencio como ausencia de palabra, sino también al silencio contemplativo que procede de la fe y alimenta la fe. Una asamblea totalmente sonora está en peligro próximo de hacerse incapaz para la gratuidad y la acción de gracias. Algunos motivos para que guardemos silencio en el Templo:

1

Para que todos los que asisten a la celebración se concentren y puedan entrar en sí mismo, reflexionen sobre lo que han oído, para que alaben y rueguen al Señor. Esta recomendación nos viene ya del evangelio: “Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto” (Mt. 6, 6).

2

Hace posible la resonancia de la voz del Espíritu Santo en los corazones. Dice san Pablo que “aquellos que se dejan llevar por el espíritu de Dios son hijos de Dios. El mismo Espíritu que nos hace llamar a Dios, Padre” (Rom. 8,15).

3

Para entrar en la verdadera experiencia de la oración: Hacerse consciente de la presencia de Dios. Orarle en lo más íntimo del corazón. Unir la oración personal con la oración pública de
la Iglesia. Así entendió y vivió santa Teresa la oración: “No es otra cosa oración, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Vida 8, 5).