“EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO”. El misterio de la Trinidad

Prov 8, 22-31

Rom 5, 1-5

Jn 16,12-15

                                                                                         

El misterio de la Trinidad ha sido y es referencia de “algo” ininteligible: un solo Dios en tres personas. Intentos loables de explicar y clarificar este misterio puede haber llevado a enrevesarlo aún más. El camino de las discusiones no tiene recorrido.

El cristiano que eche una mirada atenta a lo que ve y oye en su ser y práctica cristiana constata que los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo están en su vida desde que le bautizaron hasta que le ungieron al final de sus días en el nombre del Padre, y del Hijo  y del Espíritu Santo: “Yo te bautizo etc”.

En la celebración de la Eucaristía (=Misa) el cristiano constata que el sacerdote celebrante le saluda con estas palabras: “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo…” y le despide con: “La bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros”.

Y en la piedad personal es probable que muchos cristianos se acuesten y se levanten haciendo la señal de la cruz: en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Pues… estos tres nombres nos acompañan a lo largo del día, de la semana y de la vida. Esos tres nombres son conocidos como: la Trinidad, solemnidad que hoy la celebramos.

¿Cambian los tiempos?

Sí, cambian los tiempos. Con ello caen y se levantan fórmulas, costumbres, creencias, devociones… Muchas cosas caen, otras se actualizan. En nuestro caso, la fe en la presencia de la Trinidad (del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo) en los momentos centrales de nuestra vida de cristianos no ha cambiado. La Trinidad es eterna.

Tomar conciencia

San Juan de la Cruz escribió estas hermosas palabras: “Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (Dichos de luz y amor). Miles de veces se ha repetido esta bella afirmación. Se oyó incluso en el Concilio Vaticano II. El Padre “nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez”. “Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar”, añade el Santo. Jesús está en el centro, a Él hay que escuchar: “Escuchadlo”. ¿Y el Espíritu? En los domingos pasados hemos proclamado y oído estas palabras de Jesús según el evangelista Juan: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá el Espíritu a vosotros” (Jn 16,6), pero si me voy, os lo enviaré”. ¿Para qué?. “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26). Esto lo hace el Espíritu en nuestro silencio interior y en la silenciosa entrega generosa.

Para la semana: recordemos atentos y agradecidos, personal y comunitariamente los principales momentos en que invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.