SABIOS Y NECIOS Saber elegir entre sabiduría y riqueza.

tren de la vida Jesús

Sab 7,7-11

Heb 4,12-13

Mc 10,17-30

La liturgia de la palabra de hoy se centra en dos palabras: sabiduría y riqueza (primera y tercera lectura). La sabiduría es alabada; la riqueza… Generalmente pensamos que ambas palabras van de la mano, que los sabios se hacen ricos y los ricos se hacen sabios. La liturgia parece decir lo contrario: los necios se hacen ricos y los sabios se hacen pobres. Llamativo.

Sabios:

Los sabios no son quienes dominan muchos conocimientos. Son más bien, quienes se sitúan con dignidad ante las realidades de la vida: personas, acontecimientos, negocios, naturaleza. A ello le pueden ayudar los conocimientos, pero no solo ni principalmente ellos. También cuentan, y más que los conocimientos, los sentimientos positivos y lo que solemos llamar virtudes. El sabio así concebido no desprecia ni los conocimientos ni las realidades objeto de comercio. Pero no se deja dominar por ellas: comprar, tener, despilfarrar, presumir. El sabio no envidia al que tiene mucho, gasta mucho, compra lo que más viste, la última moda (no sólo en vestido), presume, se despreocupa de los pobres… El sabio tiene en su corazón, en sus labios y en su vida estas palabras del Libro de la sabiduría: “preferí la sabiduría a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella”. La sabiduría no desprecia la riqueza, pero prefiere la pobreza con dignidad (no la miseria ni en él ni en los demás).

Necios:

Los necios son quienes se sitúan ante las mismas realidades que los sabios, pero con ojos mercantiles sólo, o al menos especialmente mercantiles. El evangelio los llama claramente “necios” (“necio, esta noche te van a pedir la cuenta…”, Lc 12,20). Humanamente pueden ser muy halagados, envidiados, seguidos, etc. Pero su vida, y la de quienes la jalean, aportan poco para solucionar la miseria que generan o a cuya generación, cercana y lejana, contribuyen en alta medida.   Nos gustan las riquezas: Hay que confesarlo. El joven (generalmente se habla de un joven) del evangelio “era muy rico”. Jesús no fue duro con él. Precisamente porque le vio como una buena persona le apretó: “Una cosa te falta”. Sólo una. Hoy diríamos que le faltaba solidaridad.  Le había tocado una tecla que suele sonar mal. Se fue “triste, porque era muy rico”. Es una escena que deja mal sabor de boca y un mensaje cristiano poco halagüeño incluso para quienes llaman a Jesús “maestro bueno”.

Para la semana: Medite este eslogan del libro de la Sabiduría recordado este día del Señor: “Preferí la sabiduría a los cetros y a los tronos”.