LAS TENTACIONES DE JESÚS Y DEL CRISTIANO La liturgia dominical abre la cuaresma

Dt 26, 4-10

Rom 10, 8-13

Lc 4, 1-13

La liturgia dominical abre la cuaresma con el evangelio de las tentaciones vividas por Jesús en el desierto una vez bautizado (no olvidemos que cuando Jesús se bautiza a manos de Juan el Bautista tiene alrededor de treinta años). Es una conocida página del evangelio. Desde Adán y Eva (Gen 3) hasta nuestros días la persona, y en concreto quien sigue a Jesús, convive con la tentación. La persona humana es un ser tentado, atraído y seducido, puesto a prueba por múltiples personas y cosas que juegan con él. Pero también es un ser acompañado por fuerzas que a veces uno no sabe de dónde salieron, pero que se hacen presentes en su vida. La debilidad y la fortaleza entablan en la persona –y también en la sociedad- una lucha que ocupa lo mejor de la vida y también lo más deleznable. En gente sensata es, con frecuencia, una experiencia difícil.

Las tentaciones de Jesús, esquema de toda tentación.

El escenario de estas tentaciones suele quedar limitado a una “pelea” entre el demonio y Jesús, entre el seductor y el seducido. Entre ellos hablan, dialogan, prometen, rechazan, etc. Pero esta idea no es correcta, no responde a la verdad. En ese escenario hay otra “persona” que no sólo está presente, sino que es tan esencial como las restantes. Esa persona es el Espíritu Santo. Jesús es conducido por el Espíritu al desierto y el Espíritu le acompaña durante su estancia allí.

La astucia del seductor (tentador).

El seductor (se le llame Satanás, se le llame el comerciante de la esquina, de la tienda, del súper, o el político de turno, o el maestro, o el amigo/a caprichoso… o nuestra personal interioridad) tiene sus cualidades. Muchas veces nos harán una oferta limpia; otras veces será una oferta muy “preparada”: apetitosa a los sentidos, camuflada… El seductor quiere vender su mercancía y dora la píldora lo mejor que puede, aun a sabiendas con frecuencia que lo que ofrece no es así y está dispuesto a meter gato por liebre. Lo intentó el seductor con Jesús. Le ofreció el oro y el moro. El “demonio” es un gran vendedor, de mercancías grandes y de mercancías pequeñas. Y de caprichos sin cuento.

La acción del Espíritu.

El Espíritu no es convidado de piedra en la escena de la tentación. Él, que es el Espíritu de la verdad, enciende en la persona, institución, movimiento tentados un río de pensamientos, de razones en pro y en contra, de juicios estimativos… Y… también el Espíritu sabe “dorarlos” a quien se le acerca con atención sincera. El Espíritu juega siempre a ganar. Y no dudo que gana muchísimas veces. Escuchar con atención las razones, interiores y exteriores, del Espíritu es dar un paso en la Verdad.

Para la semana: reza con sinceridad la última petición del Padre nuestro: “No nos dejes caer en la tentación”. También esta petición se reza en plural, no lo olvides.