AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón

Amar a Dios y al Prójimo

 

Dt 6,2-6

Hbr 7, 23-28

Mc 12, 28-34

 

Pocos pensamientos llevan tantos siglos rodando por buena parte del mundo y por los corazones de millones de seres humanos como éste: Ama a Dios y al prójimo. Los israelitas “nuestros padres” ya oyeron estas palabras de la boca de Dios y de Moisés. Jesús lo perfeccionó universalizando la palabra “prójimo”. Nosotros lo hemos repetido desde niños al cantar los mandamientos: “estos diez mandamientos se encierran en dos: amar a Dios y al prójimo”? Hoy la liturgia nos lo recuerda. Es bueno recordar esta gtan herencia. Tenemos por delante una semana para meditarlo y vivirlo.

“Amarás al Señor tu Dios”. Se abren los ojos al escuchar la palabra “amor”. Los mandamientos no son negativos; son positivos. Y positivos de amor. Y de un amor al “ser supremo”, a Dios, al Padre/Madre. ¿Quién no ama a su padre? Desde pequeños hemos repetido la palabra amor dirigida a nuestros padres (padre/madre, mamá/papá). Santa Teresa, comentando el Padre nuestro, comenzaba así: “¡Oh, Señor, cómo dais tanto junto a la primera palabra?”. Esa primera palabra era la palabra padre/madre (porque Dios es padre/madre). Repetirla reiteradamente crea en la persona un sentido familiar profundo y esponjoso.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…”. El corazón es la sede de los sentimientos. No se ama con la cabeza; se ama con el corazón. Y con un corazón no dividido. Un corazón dividido es un corazón roto, y no hay cardiólogo que lo arregle.

“Amarás a tu prójimo”. Dios no es un Dios celoso (a veces se dice que sí) ni envidioso. Es un Dios que se ensancha gustosamente en sus hijos. No concebimos a unos padres gozosos de que sus hijos sean odiados u olvidados. Todo lo contrario: la gloria de los padres son los hijos. Lo mismo: la gloria de Dios son sus hijos. A los hijos los llamamos prójimos porque están cercanos (no para olvidar a quienes viven lejos, sino para poder comprender a los que viven lejos a base de no olvidar a quienes tenemos cerca).

“Amarás al prójimo como a ti mismo”. Nadie odia su propia carne, dice la palabra de Dios (Efesios 5,29). Y es una verdad palpable en nuestra experiencia. Le tratamos bien; con frecuencia le mimamos; a veces nos excedemos y él se queja enfermándose, no quiere tanto. Prefiere que lo compartamos con sus hermanos, que muchos están necesitados.

Para la semana: Ten un gesto de amor a Dios y al prójimo.